Podría referirme a muchas cosas distintas con este título.
Por ejemplo, podría crear una macabra historia sobre un
suicidio con un trozo de espejo. “Pero hoy no es ese día”. Otra vez será.
Otro ejemplo. Podría rememorar una casa con una bomba
estallando reventando las ventanas, con el desconsolado dueño arrodillado fuera
llorando como un miserable mocoso recién nacido. “Pero hoy no es ese día”. Otra
vez será.
Uno más. Podría relatar la historia de un sueño. Uno en el
que el protagonista es un asesino en serie y mata con su llanto, que destroza
las mentes humanas como el papel afilado, luego empotra los cadáveres contra el
mueble bar, rompiendo las botellas. “Pero hoy no es ese día”. Otra vez será.
Hoy no narro una truculenta historia. Nada del otro mundo. Nada
descarnado. No. Lo que brindo esta noche es la cándida sencillez, y a la vez
sublime trascendencia, de una lágrima deslizándose por una fina lámina de
cristal.
Una lágrima. Todos habéis pensado en una historia triste. No
podéis negarlo. Hay muchos tipos de lágrima. Hay lágrimas trágicas, lágrimas
conclusivas, las manidas lágrimas de risa y alegría… y por otro lado están las
más importantes. Las que no significan nada. Aquellas que no significando nada,
son capaces de enseñar lo más profundo de una persona…
Imaginad ahora una de esas lágrimas deslizándose lentamente por
el más puro cristal de Bohemia, dejando un leve rastro de gotitas a su paso. ¿Existe
acaso algo más puro que eso? Es silencioso, una imagen que bien podría suceder
en medio de la nada. Es silenciosa, sí. Pero es a la vez la más sonora del mundo. La más
musical. La que más brillantemente suena sin necesidad de sonar. ¿Y sabéis por
qué? Porque tiene la capacidad de acariciar nuestra alma con suavidad, pero
inexorablemente. Y siempre ha sido así.
¿Cuántas veces nos hemos sorprendido a nosotros mismos
viendo una gota de lluvia golpeando una ventana? Escenas de películas, vidas
reales… Incluso hemos puesto banda sonora a este “acontecimiento”.
Me pregunto por qué será….