Ingrávidos y gentiles
El muchacho estaba tranquilamente tumbado sobre la hierba.
Había un sauce. Y un río. Y un gato. Y el sol brillaba con desganada alegría. Sin
embargo, el muchacho notaba una ausencia.
Nada, ni siquiera el suave arrullo del río, parecía ser
perturbable, pero la apacibilidad de la escena se vio interrumpida por unas
extrañas bolas que flotaban en el aire. Brillaban con muchos colores, y
parecían deslizarse delicadamente hacia el muchacho.
El muchacho se desperezó y se incorporó a medias. Primero
las miró con desidia, molesto por la presencia ajena al cuadro inicial. Cuando
estuvieron más cerca las miró con curiosidad. Hasta que averiguó qué eran. Ese
olor le resultaba inconfundible. Eran pompas de jabón. Pompas de jabón
peculiares, pues en su interior pequeñas figuras parecían moverse, invitándole
a pasar dentro.
El muchacho iba a darse la vuelta para dormir a gusto cuando
el gato maulló. Lo miró intrigado y vio que intentaba alcanzar una de esas
pompas con su zarpa. El muchacho, divertido, alargó la mano para acercársela,
pero la pompa estalló suavemente cuando la alcanzó. La figurita del monje que
en su interior bailaba, desapareció, y todo tornó maravilloso.
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“El muchacho vio el mismo paisaje, pero a la vez distinto.
Del río surgían campanas, que transmitían con su tañido toda la paz del mundo.
El sauce movía sus ramas, dibujando caprichosas formas, mas no corría brisa
alguna. El cielo se vio cubierto por una inmensa y colorida vidriera, que
multiplicaba en miríadas de pequeños rayos la luz perezosa del sol.
El muchacho estaba fascinado, y asistía maravillado a todos
estos eventos. Una grulla se posó grácilmente en la orilla del río, y empezó a
beber. De la hierba brotaban rosales, cuyas flores nacían, crecían y morían en
un ciclo eterno.
La grulla alzó la vista y posó sus ojos en el muchacho. Su
mirada tenía algo especial. Una honda y antigua sabiduría.
Acudiendo a la llamada de las campanas, poco a poco se
dejaban ver todos los animales del bosque. Todos bebían del río y tras ello observaban
al muchacho con aquella mirada. Y se quedaban mirándolo, como si nada más
tuvieran que hacer durante toda la eternidad.
El muchacho entendió. Se levantó, se acercó a la orilla,
enfrente de los animales, se agachó y bebió agua del río. Tenía un sabor
peculiar. Sabía a madera, sabía a hierba. Pero también sabía a piedra y
antigüedad, y a tristeza y paz.
A medida que bebía, las campanas repicaban con más ganas,
sin perder la paz que transmitían.
Y el muchacho levantó la vista hacia los animales, llevando
consigo una nueva comprensión del mundo, una nueva verdad entendida. Pero los
animales ya no estaban allí. Tan solo su gato, que le maullaba desde la otra
orilla. ¿Cómo habría llegado hasta allí? No lo sabía, pero de pronto también él
estaba al otro lado.
El muchacho volvió a beber del río. Esta vez el agua sabía
diferente. Sabía a frío y a oscuridad, a soledad y a dolor, pero también a
esperanza y a vida. Y las campanas cambiaron su tañer. Empezaron a tocar a
muerto, con un lento y grave repicar, cada vez más fuerte.
Tan fuerte llegaron a repicar, que el sonido acabo por
romper la vidriera que cubría el cielo. Los trocitos de cristal empezaron a
caer como una suave y agradable lluvia.
El muchacho no tenía miedo, pero perdió la noción de estar
en el mundo. Había tanto color…
Los cristalitos formaron un puente sobre el río, y el
muchacho, inconscientemente lo cruzó, volviendo bajo el sauce.
Y todo se desvaneció”
Y volvió la normalidad. Y allí seguían las pompas de jabón.
Fascinado por lo que había visto, intrigado y curioso, el
muchacho escogió una nueva pompa. No era la que más cerca estaba, pero en su
interior una bailarina giraba sobre sí misma, fascinándolo en su cíclica danza.
El muchacho rompió la pompa.
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, leer muy pausadamente)
“Nuevamente campanas. Campanas de una iglesia en ruinas que
había aparecido ante él. Pero había gente. La gente acudía a misa. Y allí
estaba ella. Sencilla. Loca. Sencilla.
Nadie oficiaba el rito, pero todos escuchaban. La naturaleza
hablaba. La naturaleza contaba el más recóndito de sus secretos: la realidad y
la ficción son lo mismo. Y si se juntan, se funden. Y si se funden nadie puede
escapar. Y los prisioneros se ven obligados a una larga lucha por separar ambas
realidades, que en verdad son lo mismo.
Allí estaba ella. Sencilla. Loca. Sencilla. Ella y nadie
más. Se dio la vuelta y lo miró con luz. Se acercó al muchacho. Quiso abrazarlo
y él reaccionó ante la presencia protegiéndose. Ella huyó, asustada y
rechazada. Se escondió en el ruinoso templo.
Allí estaba el espíritu del bosque. El espíritu del bosque
le ofreció beber de una copa de madera. Contenía la misma agua que el muchacho
había bebido de la primera orilla del río.
Cuando ella, sencilla, loca, sencilla, bebió; la iglesia se
rehízo.
Y allí estaban ellos, en una sencilla, loca, sencilla ermita
en medio del bosque, o en medio de la nada. Ellos y nadie más. Nadie oficiaba
el rito. Pero los dos asistían a su sagrada unión.
Pero ella, sencilla, loca, sencilla, desapareció. El
muchacho, desesperado por sus abrazos, lloró desconsolado. La ermita dio paso
lentamente a la anterior escena. Tan solo quedó en las primitivas ruinas una
efigie de un profeta, barbado y con las manos en alto.
De los ojos del profeta manaba agua. El muchacho bebió.
Sabía amarga. Sabía vieja. Sabía dolorosa. No sabía.
El muchacho entendió. La realidad y la ficción son lo mismo.
Y si se juntan, se funden. Y si se funden nadie puede escapar. Y los
prisioneros se ven obligados a una larga lucha por separar ambas realidades,
que en verdad son lo mismo.
Las campanas empezaron a tocar a muerto nuevamente. Las
pocas piedras que quedaban en pie, empezaron a derrumbarse, levantando una
polvareda, tras la cual no quedó nada. Ni siquiera el muchacho.
Pero el muchacho seguía existiendo. Y las campanas aún
sonaban. El muchacho, que ya no existía, lloró. Y de sus lágrimas, saladas,
como hiciera con las del profeta, bebió.
Y todo se desvaneció”
El muchacho estaba afectado por lo que había visto.
Necesitaba saber qué más pasaría. Sin pensarlo, eligió una nueva pompa, esta
vez con un tiovivo dentro, y la rompió.
(Recomendación: seguir el audio de este enlace para leer a
partir de ahora http://www.youtube.com/watch?v=8ll_u870PG8
, leer pausadamente)
“Nuevamente, allí estaba ella. Frío. Cadena. Piedra. Cadena.
Cadena. Cadena. Nuevamente, cadena.
Allí estaba ella. Encarcelada. Desnuda ante el mundo. Ante un
mundo que seguía sin existir, pero que la observaba atentamente. Únicamente vestía
un anillo dorado en la mano izquierda.
Como si una grulla fuera, levantó la cabeza hacia el
muchacho y lo miró. Entonces habló. Su voz retumbó por toda la nada. Así habló
ella: “estamos en los calabazos del castillo de una malvada hechicera. El castillo no existe. La hechicera no existe.
Yo no existo. Solo existes tú. Pero presta atención a las campanas que suenan. Avisan
del peligro. La malvada hechicera tornará benévola cuando dejen de repicar. La única manera de
evitarlo es perpetuar eternamente su tañido. Y eso solo se puede hacer con el
anillo que llevo puesto. Pero si me lo quitas, moriré”.
El muchacho no entendía nada. No entendía por qué había que
evitar que la malvada se convirtiera en benévola. Ella, adivinando su
pensamiento confesó una descarnada verdad sobre el mundo, que no existía. El bien
solo existe gracias al mal. Si el mal deja de existir, deja de existir el bien.
El muchacho entendió. Se agachó, la besó en los labios y le
quitó el anillo. No había terminado de besarla cuando ella murió. La paz se
reflejaba en sus ojos. El muchacho corrió escaleras arriba, con el anillo, que
era dorado, pero se volvía rojo, y pesaba cada vez más en sus manos. Corrió y
corrió, por unas escaleras que nunca acababan, porque al no existir, nunca
habían empezado, y antes de que acabaran llegó al campanario.
Había un pequeño altar de piedra, con un pequeño hueco para
el anillo. Las campanas estaban cesando su repicar.
El muchacho posó el anillo y las
campanas repicaron con más fuerza.
Las escaleras seguían subiendo. Cada
vez más arriba. Más allá del castillo. El muchacho las subió, eternamente. Nunca
dejó de subirlas. Pero cuando acabó, la encontró a ella. Estaba bañándose en
una pila bautismal. Lo miró nuevamente y le ofreció el agua de la vida, aquella
que lleva al paraíso y al infierno. El muchacho bebió.
Morado. Hinchado. Así acabó la
historia. Sumergido eternamente en una pila bautismal, que no existe.
Las campanas nunca dejarán de
sonar.
Y todo se desvaneció”
Había un sauce. Y un río. Y un
gato. Y pompas de jabón. Y el sol brillaba con desganada alegría. Y un cuerpo
flotaba en el río.