jueves, 19 de junio de 2014

Ingrávidos y gentiles. Historia musical en tres actos

Ingrávidos y gentiles

El muchacho estaba tranquilamente tumbado sobre la hierba. Había un sauce. Y un río. Y un gato. Y el sol brillaba con desganada alegría. Sin embargo, el muchacho notaba una ausencia.

Nada, ni siquiera el suave arrullo del río, parecía ser perturbable, pero la apacibilidad de la escena se vio interrumpida por unas extrañas bolas que flotaban en el aire. Brillaban con muchos colores, y parecían deslizarse delicadamente hacia el muchacho.

El muchacho se desperezó y se incorporó a medias. Primero las miró con desidia, molesto por la presencia ajena al cuadro inicial. Cuando estuvieron más cerca las miró con curiosidad. Hasta que averiguó qué eran. Ese olor le resultaba inconfundible. Eran pompas de jabón. Pompas de jabón peculiares, pues en su interior pequeñas figuras parecían moverse, invitándole a pasar dentro.

El muchacho iba a darse la vuelta para dormir a gusto cuando el gato maulló. Lo miró intrigado y vio que intentaba alcanzar una de esas pompas con su zarpa. El muchacho, divertido, alargó la mano para acercársela, pero la pompa estalló suavemente cuando la alcanzó. La figurita del monje que en su interior bailaba, desapareció, y todo tornó maravilloso.

(Recomendación: seguir el audio de este enlace para leer a partir de ahora http://www.youtube.com/watch?v=fzNASDPXbMw, leer pausadamente)

“El muchacho vio el mismo paisaje, pero a la vez distinto. Del río surgían campanas, que transmitían con su tañido toda la paz del mundo. El sauce movía sus ramas, dibujando caprichosas formas, mas no corría brisa alguna. El cielo se vio cubierto por una inmensa y colorida vidriera, que multiplicaba en miríadas de pequeños rayos la luz perezosa del sol.

El muchacho estaba fascinado, y asistía maravillado a todos estos eventos. Una grulla se posó grácilmente en la orilla del río, y empezó a beber. De la hierba brotaban rosales, cuyas flores nacían, crecían y morían en un ciclo eterno.

La grulla alzó la vista y posó sus ojos en el muchacho. Su mirada tenía algo especial. Una honda y antigua sabiduría.

Acudiendo a la llamada de las campanas, poco a poco se dejaban ver todos los animales del bosque. Todos bebían del río y tras ello observaban al muchacho con aquella mirada. Y se quedaban mirándolo, como si nada más tuvieran que hacer durante toda la eternidad.

El muchacho entendió. Se levantó, se acercó a la orilla, enfrente de los animales, se agachó y bebió agua del río. Tenía un sabor peculiar. Sabía a madera, sabía a hierba. Pero también sabía a piedra y antigüedad, y a tristeza y paz.

A medida que bebía, las campanas repicaban con más ganas, sin perder la paz que transmitían.

Y el muchacho levantó la vista hacia los animales, llevando consigo una nueva comprensión del mundo, una nueva verdad entendida. Pero los animales ya no estaban allí. Tan solo su gato, que le maullaba desde la otra orilla. ¿Cómo habría llegado hasta allí? No lo sabía, pero de pronto también él estaba al otro lado.

El muchacho volvió a beber del río. Esta vez el agua sabía diferente. Sabía a frío y a oscuridad, a soledad y a dolor, pero también a esperanza y a vida. Y las campanas cambiaron su tañer. Empezaron a tocar a muerto, con un lento y grave repicar, cada vez más fuerte.

Tan fuerte llegaron a repicar, que el sonido acabo por romper la vidriera que cubría el cielo. Los trocitos de cristal empezaron a caer como una suave y agradable lluvia.

El muchacho no tenía miedo, pero perdió la noción de estar en el mundo. Había tanto color…

Los cristalitos formaron un puente sobre el río, y el muchacho, inconscientemente lo cruzó, volviendo bajo el sauce.

Y todo se desvaneció”

Y volvió la normalidad. Y allí seguían las pompas de jabón.

Fascinado por lo que había visto, intrigado y curioso, el muchacho escogió una nueva pompa. No era la que más cerca estaba, pero en su interior una bailarina giraba sobre sí misma, fascinándolo en su cíclica danza. El muchacho rompió la pompa.

(Recomendación: seguir el audio de este enlace para leer a partir de ahora https://www.youtube.com/watch?v=n0D6wqoO-0E , leer muy  pausadamente)

“Nuevamente campanas. Campanas de una iglesia en ruinas que había aparecido ante él. Pero había gente. La gente acudía a misa. Y allí estaba ella. Sencilla. Loca. Sencilla.

Nadie oficiaba el rito, pero todos escuchaban. La naturaleza hablaba. La naturaleza contaba el más recóndito de sus secretos: la realidad y la ficción son lo mismo. Y si se juntan, se funden. Y si se funden nadie puede escapar. Y los prisioneros se ven obligados a una larga lucha por separar ambas realidades, que en verdad son lo mismo.

Allí estaba ella. Sencilla. Loca. Sencilla. Ella y nadie más. Se dio la vuelta y lo miró con luz. Se acercó al muchacho. Quiso abrazarlo y él reaccionó ante la presencia protegiéndose. Ella huyó, asustada y rechazada. Se escondió en el ruinoso templo.

Allí estaba el espíritu del bosque. El espíritu del bosque le ofreció beber de una copa de madera. Contenía la misma agua que el muchacho había bebido de la primera orilla del río.

Cuando ella, sencilla, loca, sencilla, bebió; la iglesia se rehízo.

Y allí estaban ellos, en una sencilla, loca, sencilla ermita en medio del bosque, o en medio de la nada. Ellos y nadie más. Nadie oficiaba el rito. Pero los dos asistían a su sagrada unión.

Pero ella, sencilla, loca, sencilla, desapareció. El muchacho, desesperado por sus abrazos, lloró desconsolado. La ermita dio paso lentamente a la anterior escena. Tan solo quedó en las primitivas ruinas una efigie de un profeta, barbado y con las manos en alto.

De los ojos del profeta manaba agua. El muchacho bebió. Sabía amarga. Sabía vieja. Sabía dolorosa. No sabía.

El muchacho entendió. La realidad y la ficción son lo mismo. Y si se juntan, se funden. Y si se funden nadie puede escapar. Y los prisioneros se ven obligados a una larga lucha por separar ambas realidades, que en verdad son lo mismo.

Las campanas empezaron a tocar a muerto nuevamente. Las pocas piedras que quedaban en pie, empezaron a derrumbarse, levantando una polvareda, tras la cual no quedó nada. Ni siquiera el muchacho.
Pero el muchacho seguía existiendo. Y las campanas aún sonaban. El muchacho, que ya no existía, lloró. Y de sus lágrimas, saladas, como hiciera con las del profeta, bebió.

Y todo se desvaneció”

El muchacho estaba afectado por lo que había visto. Necesitaba saber qué más pasaría. Sin pensarlo, eligió una nueva pompa, esta vez con un tiovivo dentro, y la rompió.

(Recomendación: seguir el audio de este enlace para leer a partir de ahora http://www.youtube.com/watch?v=8ll_u870PG8 , leer pausadamente)

“Nuevamente, allí estaba ella. Frío. Cadena. Piedra. Cadena. Cadena. Cadena. Nuevamente, cadena.
Allí estaba ella. Encarcelada. Desnuda ante el mundo. Ante un mundo que seguía sin existir, pero que la observaba atentamente. Únicamente vestía un anillo dorado en la mano izquierda.

Como si una grulla fuera, levantó la cabeza hacia el muchacho y lo miró. Entonces habló. Su voz retumbó por toda la nada. Así habló ella: “estamos en los calabazos del castillo de una malvada hechicera.  El castillo no existe. La hechicera no existe. Yo no existo. Solo existes tú. Pero presta atención a las campanas que suenan. Avisan del peligro. La malvada hechicera tornará benévola  cuando dejen de repicar. La única manera de evitarlo es perpetuar eternamente su tañido. Y eso solo se puede hacer con el anillo que llevo puesto. Pero si me lo quitas, moriré”.

El muchacho no entendía nada. No entendía por qué había que evitar que la malvada se convirtiera en benévola. Ella, adivinando su pensamiento confesó una descarnada verdad sobre el mundo, que no existía. El bien solo existe gracias al mal. Si el mal deja de existir, deja de existir el bien.

El muchacho entendió. Se agachó, la besó en los labios y le quitó el anillo. No había terminado de besarla cuando ella murió. La paz se reflejaba en sus ojos. El muchacho corrió escaleras arriba, con el anillo, que era dorado, pero se volvía rojo, y pesaba cada vez más en sus manos. Corrió y corrió, por unas escaleras que nunca acababan, porque al no existir, nunca habían empezado, y antes de que acabaran llegó al campanario.

Había un pequeño altar de piedra, con un pequeño hueco para el anillo. Las campanas estaban cesando su repicar.

El muchacho posó el anillo y las campanas repicaron con más fuerza.

Las escaleras seguían subiendo. Cada vez más arriba. Más allá del castillo. El muchacho las subió, eternamente. Nunca dejó de subirlas. Pero cuando acabó, la encontró a ella. Estaba bañándose en una pila bautismal. Lo miró nuevamente y le ofreció el agua de la vida, aquella que lleva al paraíso y al infierno. El muchacho bebió.

Morado. Hinchado. Así acabó la historia. Sumergido eternamente en una pila bautismal, que no existe.

Las campanas nunca dejarán de sonar.

Y todo se desvaneció”


Había un sauce. Y un río. Y un gato. Y pompas de jabón. Y el sol brillaba con desganada alegría. Y un cuerpo flotaba en el río.

domingo, 27 de abril de 2014

¡Cuán suma belleza!



Después de mucho andar, por fin he llegado al final de las vías del tren. Los cuervos, que sobre mis hombros se posaban cuando el viaje empecé, se fueron tiempo atrás, asustados por mi silencio. Pero han venido ellos. Todos los gorriones del mundo están conmigo, aquí, en el lugar donde concluyen todos los raíles habidos y por haber.

Soy como Inanna, y al igual que ella, escuché la llamada de lo más bajo que en el mundo existe, y acudí seducido por un canto de sirena. Pero solo aquellos que no caminan pueden gobernar los infiernos, por muchos baños de tinta que nos demos. Inanna aprendió esa dura lección de la más salvaje manera, aunque acudió con los siete sagrados me’s vestida. 

Yo también he de pasar por la prueba que ante mí se descubre, pero no corre por mi cuerpo sangre divina, y por lo tanto, “sentenciado estoy a muerte”.

No quedan vías delante mí. Los gorriones comienzan a volar, uno a uno, sus pequeñas alas agitando. Frente a mi queda la última estación del viaje.

Dentro de la ajada parada hallo pocas cosas. Una bañera, en el centro. Muchos y polvorientos esqueletos rodeándola, en macabra y sonriente bienvenida, invitándome a bañarme, aunque tiempo ha que no tiene agua.


Ya queda poco.

Ya enjugué mis ojos con zumo de limón.

Ya traspasé mis oídos con despiadados instrumentos.

Ya mi lengua quemé cruelmente.

Ya mis fosas nasales con hilo de oro cosí.

Ya mi piel con friegas de plutonio muté.

Solo soy un despojo  en una bañera tirado.

Solo me resta una cosa por hacer. Ya aprendí la lección, pero no corre por mi cuerpo sangre divina. Yo no soy Inanna. 

¡Cuán bella estampa para que el más expresionista de los escultores la tallara!

¡Cuán suma belleza la de ese cáliz que ante mí se aparece!

Ven, nuevo Egudiel, no te pediré que te apartes de mí. Ven, y enséñame la última de las lecciones con tu bendito y angelical sabor a amarga almendra.

lunes, 24 de marzo de 2014

Quintaesencia enmascarada


Clap.

Clap.

Clap, clap.

El primero de los marmóreos escalones.

Brillantina  sobre plateado sin ranura para la boca. Giro a la derecha.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

El segundo de los alabastrados.

Rojo carmesí con plumas recargadas en la nuca. Anillo con sello floral dorado. Túnica verde lima, excesivamente barroca. Vuelta con túnica volante, en el sentido contrario a las agujas del reloj.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Reino de la mente. Ausencia de escalinata. Casa abandonada, desvencijada. Pareja de amantes. Uno alto, moreno. Otro “altísimo”, moreno. Frenesí primaveral.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

El tercer pétreo desnivel. 

Cambio rítmico en los violinistas. Muerte roja enmascarada. Portador de velas. Figura misteriosa tras un tenebrario. Genuflexión.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Clap.

Clap.
Clap, clap.

Piano desafinado, roto, pata perdida. Cuerdas re y mi bemol de la cuarta octava roídas. Nuevamente, frenesí primaveral. Violencia pasional. Pasión violenta.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

El cuarto descarnado banzo.

Homenaje al Rey Sol. Gitana lectora de manos. Baile valseado por tríos.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Peligro. Desnudez del alto y  moreno. Desnudez del “altísimo” y moreno. Cadena con gancho al final encima del polvoriento piano. Alto y moreno con gancho en la espalda. Sangre sobre las teclas y las cuerdas. Banqueta chirriante. “Altísimo” y moreno sentado. Tema “Dimitri”.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

El quinto y último frío y yermo abismo. Gitana: 

“El primero de los marmóreos escalones.

Brillantina  sobre plateado sin ranura para la boca. 

Giro a la derecha. 

El segundo de los alabastrados.

Rojo carmesí con plumas recargadas en la nuca. Anillo con sello floral dorado. Túnica verde lima, excesivamente barroca. Vuelta con túnica volante, en el sentido contrario a las agujas del reloj.

El tercer pétreo desnivel. 

Cambio rítmico en los violinistas. 

Muerte roja enmascarada.

 Portador de velas. 

Figura misteriosa tras un tenebrario. 

Genuflexión.

El cuarto descarnado banzo.

Homenaje al Rey Sol. 

Gitana lectora de manos. 

Baile valseado por tríos.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

Clap.

Clap.

Clap, clap.

RE BECUADRO.

MI BEMOL.

DO BECUADRO.

SI BECUADRO.”

martes, 4 de febrero de 2014

Lágrima y cristal

Podría referirme a muchas cosas distintas con este título.

Por ejemplo, podría crear una macabra historia sobre un suicidio con un trozo de espejo. “Pero hoy no es ese día”. Otra vez será.

Otro ejemplo. Podría rememorar una casa con una bomba estallando reventando las ventanas, con el desconsolado dueño arrodillado fuera llorando como un miserable mocoso recién nacido. “Pero hoy no es ese día”. Otra vez será.

Uno más. Podría relatar la historia de un sueño. Uno en el que el protagonista es un asesino en serie y mata con su llanto, que destroza las mentes humanas como el papel afilado, luego empotra los cadáveres contra el mueble bar, rompiendo las botellas. “Pero hoy no es ese día”. Otra vez será.

Hoy no narro una truculenta historia. Nada del otro mundo. Nada descarnado. No. Lo que brindo esta noche es la cándida sencillez, y a la vez sublime trascendencia, de una lágrima deslizándose por una fina lámina de cristal.

Una lágrima. Todos habéis pensado en una historia triste. No podéis negarlo. Hay muchos tipos de lágrima. Hay lágrimas trágicas, lágrimas conclusivas, las manidas lágrimas de risa y alegría… y por otro lado están las más importantes. Las que no significan nada. Aquellas que no significando nada, son capaces de enseñar lo más profundo de una persona…

Imaginad ahora una de esas lágrimas deslizándose lentamente por el más puro cristal de Bohemia, dejando un leve rastro de gotitas a su paso. ¿Existe acaso algo más puro que eso? Es silencioso, una imagen que bien podría suceder en medio de la nada. Es silenciosa, sí. Pero  es a la vez la más sonora del mundo. La más musical. La que más brillantemente suena sin necesidad de sonar. ¿Y sabéis por qué? Porque tiene la capacidad de acariciar nuestra alma con suavidad, pero inexorablemente. Y siempre ha sido así. 

¿Cuántas veces nos hemos sorprendido a nosotros mismos viendo una gota de lluvia golpeando una ventana? Escenas de películas, vidas reales… Incluso hemos puesto banda sonora a este “acontecimiento”. 

Me pregunto por qué será….

miércoles, 29 de enero de 2014

El espejo se rajó de parte a parte




¿Qué es?¿Qué es? Hay luces de colores…
  
      

Veamos, por dónde empezar… En las películas, este es el momento en que el viejo con barba y un ojo ciego enciende la pipa e inspira una larga bocanada. Luego suelta el humo y empieza a contestar al viajero, conocido o no, que le ha formulado la más insondable de las preguntas, a la que él es el único capaz de responder:
“La naturaleza del ser humano necesita responderse a sí misma. Necesita encontrar una manera de expresarse. Un vehículo. Es parecido a un caldero tapado puesto sobre el fuego. Si no tuviéramos el arte, nuestra vida estallaría en nosotros. Estaríamos vivos, pero al terrible precio de estar muertos por dentro. No lo he sufrido, pero no creo que sea una experiencia muy (toses varias, debería dejar de fumar) agradable.
Ahora piensa en la débil mentalidad humana. Estamos incesantemente buscando una manera de conseguir nuestro propio beneficio, lo que hace que seamos cada vez menos humanos y más cavernícolas, porque la humanidad no es más que la capacidad (más toses) de preocupación por los demás. ¿No ves a caso que esa mentalidad humana tiene en el arte una oportunidad única de perversión? Piénsalo… poder extorsionar y travestir a la más antiquísima de las cualidades humanas, y además, sacarle (sonrisa irónica) partido. Dudo que haya una actividad más morbosa para nuestra curiosamente retorcida moral. Y el resto de humanos respondemos entusiasmados a ese acto sacrílego. ¿Quién no ha disfrutado escuchando cantar a un trovador que no siente lo que dice, que sólo quiere ganar dinero? ¿Quién no ha disfrutado leyendo un libro que no dice nada, que no transmite nada, que no tiene alma? Deberíamos sacrificar una gallina cada vez que lo hacemos. Es mucho más espantoso que adorar al diablo. Al menos, adorando al diablo, utilizamos todo nuestro empeño con un sentido… en el caso anterior…”

Viejo, no deberías hablar así. Hay un sacerdote en la esquina, si te oye…


“¿Si me oye qué me hará? Conmigo ya cometieron hechos inenarrables (mirada grave), no pueden hacerme nada que me asuste. Y si me matan, al menos me librarán de la inmundicia de la vida.
Continuemos. Nos vamos acercando al meollo, ahora que hemos metido a la religión de lleno en el drama. Planteemos de nuevo la pregunta que te has atrevido a pronunciar esta noche.  ¿Sirve el arte para transmitir una creencia en un ser superior? Respuesta: quizás (de nuevo, larga bocanada de humo). Si sirve, por ejemplo para expresar la soledad del “artista”, y que sea entendida por el resto de humanos, ¿por qué no va a servir para comunicar la existencia de lo divino? Sí sirve. Pero no sirve. Sólo sirve si el receptor del mensaje quiere interpretarlo así. Si no, sólo será un mensaje sin mensaje, una vida sin vida. Y, cómo ya has visto, ese individuo tendrá la posibilidad de disfrutar igualmente del arte en sí. Si quiere. No olvides, viajero, que la belleza sólo existe en los sentidos del que percibe. Está en los ojos del que mira, en los oídos del que escucha, en el cerebro del que piensa… de los pocos que piensan…
Pero lo más gracioso es que esta situación puede darse al revés. Hay por el mundo suelto una sarta de santurrones. Ellos perciben la DIVINA GRACIA DE DIOS siempre, aun cuando no se ha creado el mensaje. La perciben donde no está. Pueden ver una escultura de tres jóvenes chicos violando a un tierno infante y sentir la GRANDEZA del creador.”
Nuestra curiosamente retorcida moradices que el ser humano piensa con perversión, y que eso lo aleja de la humanidad… Pero no te has parado a pensar que si el ser humano piensa así por naturaleza, es porque la naturaleza humana es así? (¿Qué ilustrado dijo que el hombre es bueno por naturaleza, Rousseau, Montesquieu? Voltaire no me suena)  Simplemente, pervertidos, atroces, depravados. La humanidad no debería existir.
(risa histérica) ¿Y qué planeas hacer? ¿Destruir el mundo? ¿Destruir a la humanidad? ¿Matarme con el cuchillo que llevas escondido en tu mugrienta y llena de barro bota derecha? ¿Entregarme al sacerdote de la barra, como te han ordenado hacer, cosa que llevas toda la conversación deseando? Has jugado bien tus cartas. Casi te creo. Ca(tos)si. Pero ya te dije que me da igual lo que pod…”

Para el que no sepa lo que ha pasado, hay una flecha entre ojo y ojo del ciego. O un veneno lento en la pipa que se estaba fumando. O las dos cosas. O lo que os queráis imaginaros. Pero no habrá más conversaciones al lado de la lumbre para él. Quién sabe. A lo mejor ahora forma parte de un grupo escultórico que antes tenía cuatro figuras y ahora tienen cinco… A lo mejor incluso cambian de postura, digo, posición…

¿Disfrutaste leyendo esto? 

¿Vas a sacrificar una gallina?

domingo, 26 de enero de 2014

Tiembla y baila



Tiembla y baila

Eres tenue,
bailarina,
silenciosa,
insinuante,
suave,
dura,
inspiradora.

La música es el arte de las musas.

En los tiempos de toga y columna,
todas las artes fueron música.

Me has inspirado, eres nueva musa.

¿Serás, llama, luz de vela, capaz de generar nuevo arte?
¿Escribió Lope de Vega bajo tu tembloroso manto “El arte nuevo de hacer comedias?

Las musas eran las hijas del rayo y la memoria.
Rayo eres, pues iluminas y oscureces a la vez.
¿Por cuánto tiempo te recordaré?

Ahora somos una pareja de dioses hindúes,
Pues eres tú creadora
y yo solo pienso en la llegada del momento
de dejar fluir al Eolo de mi interior
y sumirte en una noche eterna.

¿Cuántas veces habrán vivido tus hermanas esta conversación?
¿Cuántas de ellas murieron sin saberlo?

¿Por cuánto tiempo te recordaré?