Después de mucho andar, por fin he llegado al final de las
vías del tren. Los cuervos, que sobre mis hombros se posaban cuando el viaje
empecé, se fueron tiempo atrás, asustados por mi silencio. Pero han venido
ellos. Todos los gorriones del mundo están conmigo, aquí, en el lugar donde
concluyen todos los raíles habidos y por haber.
Soy como Inanna, y al igual que ella, escuché la llamada de
lo más bajo que en el mundo existe, y acudí seducido por un canto de sirena. Pero
solo aquellos que no caminan pueden gobernar los infiernos, por muchos baños de
tinta que nos demos. Inanna aprendió esa dura lección de la más salvaje manera,
aunque acudió con los siete sagrados me’s
vestida.
Yo también he de pasar por la prueba que ante mí se
descubre, pero no corre por mi cuerpo sangre divina, y por lo tanto, “sentenciado
estoy a muerte”.
No quedan vías delante mí. Los gorriones comienzan a volar,
uno a uno, sus pequeñas alas agitando. Frente a mi queda la última estación del
viaje.
Dentro de la ajada parada hallo pocas cosas. Una bañera, en
el centro. Muchos y polvorientos esqueletos rodeándola, en macabra y sonriente
bienvenida, invitándome a bañarme, aunque tiempo ha que no tiene agua.
Ya queda poco.
Ya enjugué mis ojos con zumo de limón.
Ya traspasé mis oídos con despiadados instrumentos.
Ya mi lengua quemé cruelmente.
Ya mis fosas nasales con hilo de oro cosí.
Ya mi piel con friegas de plutonio muté.
Solo soy un despojo en una bañera tirado.
Solo me resta una cosa por hacer. Ya aprendí la lección,
pero no corre por mi cuerpo sangre divina. Yo no soy Inanna.
¡Cuán bella estampa para que el más expresionista de los
escultores la tallara!
¡Cuán suma belleza la de ese cáliz que ante mí se aparece!
Ven, nuevo Egudiel, no te pediré que te apartes de mí. Ven,
y enséñame la última de las lecciones con tu bendito y angelical sabor a amarga
almendra.
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